miércoles, 31 de octubre de 2012

1984 o 2012

“… La intención de la neolengua no era solamente proveer de un medio de expresión a la cosmovisión y hábitos mentales propios de los devotos del Ingsoc, sino también imposibilitar otras formas de pensamiento. Lo que se pretendía era que una vez que la neolengua fuera adoptada de una vez por todos y la vieja lengua olvidada, cualquier pensamiento herético, es decir, un pensamiento divergente de los principios del Ingsoc, fuera literalmente impensable…”

GEORGE ORWELL (“1984”)

     Si sustituimos lo de “NEOLENGUA” por “lenguaje de lo políticamente correcto” e “INGSOC” por las siglas de cualquier grupo de sectarios retro-progres, la novela de la que procede la cita podría titularse “2012”. No es de extrañar que Orwell se inspirase para sus sátiras sobre el totalitarismo (Rebelión en la granja y 1984) en la España republicana de 1936, que él vivió intensamente.

NACIONALISMOS

Desde los orígenes de nuestra cultura, allá en Persia y Egipto, se reconocen dos tipos de sociedades: las COOPERATIVAS y las CONFRONTATIVAS.
Las sociedades COOPERATIVAS propugnan ayudar al vecino, incluso siendo el enemigo, generan retroalimentación, y han conseguido las más altas cotas de desarrollo.
Sin embargo, muchas sociedades CONFRONTATIVAS aun permanecen en la Edad de Piedra, tal como las africanas. O las islámicas en las que la interpretación de su libro sagrado (progresista cuando se escribió) por las tribus del desierto, ha anclado a muchos países en la Edad Media.
En España, el nacionalismo tribal quiere convertir a las regiones donde prevalece, en las almorranas de Europa. Pero desde Barcelona, ciudad que siempre estuvo a la vanguardia de la modernidad, ya han comenzado a pararle los pies a esas hordas de aldeanos.

lunes, 16 de julio de 2012

LO QUE EL MÉDICO YERRA… (sobre la responsabilidad del sanitario)


Hasta hace unas décadas, la visita médica consistía en una ceremonia pomposa en la que el facultativo aparentaba una sapiencia tan absoluta como falsa. Su impostura se acompañaba de buen traje, mejores modales, lujoso carruaje, cara minuta y  mucha circunspección. Pero no curaban casi nada. Si alguien recuperaba la salud, era gracias a su naturaleza. El papel del facultativo se limitaba a paliar o consolar. Aunque ya entonces se le hacía responsable del fracaso de la medicina, la cosa no pasaba de ahí. El refranero español zanjaba el asunto con esa sentencia: “todo lo que lo que el médico yerra, lo tapa la tierra”.

Pero, gracias a las lecciones de nuestros antepasados, al desarrollo científico, y al trabajo y dedicación de los profesionales sanitarios de hoy, hemos llegado a un nivel de conocimientos médicos cuya aplicación consigue curar numerosas enfermedades. Y a alcanzar una esperanza de vida del doble de años que la gente de la generación de nuestros abuelos. Pues, a pesar de ello, resulta que ahora, el médico vive más perseguido que nunca.

Lo que el médico yerra hoy en día, no lo tapa la tierra. Hoy pervive entre un amplio zanganerío dedicado a la explotación del error médico, que lo escampa a través del Universo. Desde los picapleitos, a los del negocio de los seguros, de las asociaciones de pacientes, al petardeo televisivo, e incluso de las corporaciones profesionales médicas que, imbuidos en el capitalismo integrista representado por la industria, se encargan de explotar el desacierto de cualquier sanitario.

Pero, ¿qué es un error médico? Cuando alguien toma una decisión para resolver cualquier problema que tenga diversas vías de solución, sólo será capaz de conocer lo que acontece habiendo optado por el camino escogido. El hecho de que el final de ese camino elegido sea el fracaso, no implica taxativamente que las otras opciones nos hubieran conducido al éxito. Que el médico no acierte no implica que yerre, ni que sea negligente, ni un ignorante, ni un criminal. Ningún juzgador podría asegurarlo.

La estafa comienza con el sofisma del llamado “derecho a la salud”, que sólo podría conceder Dios, suponiendo que exista. Poder que se ha ido convirtiendo en un derecho a la inmortalidad. La única exigencia reconocible es la de la asistencia sanitaria digna, tal como sucedía en España hasta hace poco (hoy, con los gestores que soportamos, ese reconocimiento es dudoso). Así que si la medicina falla, el cabeza de turco va a ser, sin lugar a dudas, el médico.

En los medios de comunicación  vemos a diversos ignorantes (algunos ilustrados, y la mayoría sin ninguna ilustración) pertenecientes a diferentes ámbitos, como se atreven a comentar las consecuencias de las decisiones médicas. Todos convencidos de que la medicina es infalible, de que su fracaso es siempre debido a la negligencia del sanitario. Incluso gente a la que la medicina no ha conseguido sacarle de su tragedia, se atribuye el derecho de compensar su tristeza atacando a lo que tiene a mano. Toman al médico como cabeza de turco y provocan, egoístamente, un enorme perjuicio a los que le rodean y a toda la sociedad.

Los hombres confían su vida al médico para que acomode sus conocimientos a conseguir su sanación. Ello le confiere un extraordinario poder que, sin duda, la ciudadanía tiene derecho a controlar. Porque es posible que entre los galenos se camufle algún criminal psicópata asesino, lo cual, aunque posible, no dejaría de ser una absoluta rareza. También es fácil que algunos sinvergüenzas, explotando sus poderes místicos, estén dispuestos a hacer caja a costa de la ignorancia de algunos usuarios; pero eso, aunque lo vemos de vez en cuando, no deja de ser una total excepción. En su casi mayoría, el sanitario es un profesional serio y responsable, pero hombre, y puede equivocarse.

Los jueces la cagan todos los días; sus sentencias son revocadas en instancias superiores; se equivocan, y su también enorme poder provoca daños irreparables sin que nadie les pida cuenta. Lo mismo sucede con abogados y demás participantes en el montaje judicial. Y qué decir de esos políticos bribones, ases del crimen impune. O los banqueros, que tras arruinar a ahorradores, se van de rositas llevándose sus viles indemnizaciones. Pero con saña, sólo se persigue al médico.

Y ¿por qué de este acoso? Según los hindúes, la sufrida vida del sanitario es resultante de una purgación por su karma duro (el negativo, el de sus malas acciones) de su vida previa. Es decir que el médico deberá vivir su infierno, condenado por los pecados de su anterior reencarnación. La persecución ¿será a causa de lo puta que fue en otras vidas? Yo creo que no; que el motivo es mucho más prosaico. Es lo de siempre: la codicia. Muchas tribus sacan provecho de la situación.

El acto fallido de un sanitario puede valer 100 millones de indemnización. Pero cuando acierta con su oficio, éste sólo vale lo que se refleja en su sórdida nómina de funcionario, recientemente rebajada. Como sería de justicia, la capacidad económica obtenida de los éxitos debería ser suficiente para cubrir la responsabilidad (si es que la tiene) de los fracasos sin necesidad de contratar costosos seguros. La maquinaria estatal que permite tal coyuntura es totalitaria, al servicio de las aseguradoras.

Cuando un residente comienza su formación en cualquier servicio médico, lo primero que aprende es la aplicación de la medicina defensiva. Es aleccionado a que solicite una batería de exploraciones inútiles, incluso antes de haber escuchado o tocado al paciente, y que sólo servirán para justificar la compra de un carísimo aparataje. Y luego, sin ninguna seguridad diagnóstica, deberá pautar fármacos que curen o prevengan diversos procesos. Lo que engordará el negocio de unos y otros, generando una sanidad carísima. Esos beneficiados son los que fomentan la susodicha medicina defensiva.

Las corporaciones profesionales no resuelven esta cacería al facultativo y, además sus gestores sacan tajada a la hora de hacerse con el poder. Si cambia el seguro cuando cambian los gestores, tendremos que sospechar que mangonean mancomunándose con las aseguradoras. Y si los perdedores de las elecciones se callan, recelamos de que hacían lo mismo con la compañía del seguro antiguo. Esta actitud es la que, dentro de este lío, a mí me parece la más rastrera y miserable.

Así pues, las organizaciones que deberían cuidar del sanitario no solo no lo hacen, sino que permiten que asociaciones que se declaran defensoras del usuario, sean las que controlen e inciten a poner demandas. La mayoría de las cuales no van encaminadas a defender a nadie, sino a hacer al sanitario blanco de frustraciones y rencores. Y sobre todo, guiadas por las mafias, orientar de cómo sacar tajada dineraria de los carísimos seguros que nos vemos necesitados a contratar.

Yo creo que lo que estamos relatando es uno de los últimos coletazos del Capitalismo liberal. Hace 20 años murió el Comunismo, víctima de sus miserias. Ahora está palmando el Liberalismo relativista del “todo vale” que ha conducido a que la “economía criminal” domine al mundo. Depravados de todo tipo, ladrones, traficantes de armas y de drogas, evasores de divisas y sus paraísos fiscales, políticos corruptos, etc., subyugan a compañías, nacionales y multinacionales, e incluso a Estados. Gentuza que aplica sus artimañas corruptas, como la relatada en esta monserga.

Las sociedades acaban rebelándose ante actitudes totalitarias intolerantes. Pero mientras tanto, ¿qué hacemos? Hay quien piensa que, en vez de seguros, deberíamos contratar una iguala con cualquier banda de sicarios capaz de defendernos (al fin y al cabo, a alguno le hemos salvado la vida, nos deben favores, y se nos han ofrecido). Esa sería una actitud cafre  que acabaría mal. Pero que es acorde con el contexto bananero en el que se desenvuelve actualmente España.

Con o sin sicarios, creo que deberíamos cambiar la medicina defensiva por la medicina atacante. A ese populacho que nos exige comportarnos como Marañones, pero se atreve a tratarnos como trapos, y que sólo busca el dinero, debemos de atacarle con las contrademandas. Por daños morales y por injuriar nuestro buen nombre y honor, tratándonos como asesinos en potencia.

Debemos exigir a las autoridades que legislen contra la perversa actitud que nos obliga a practicar la medicina defensiva. A muchos políticos, la ciudadanía y los médicos les importan un bledo. Conocidos y múltiples son los legisladores imbuidos en la economía criminal. Pero las leyes deberían prevenir el expolio a las arcas públicas y privadas que presuponen los gastos inútiles que conlleva la medicina defensiva.

Deberíamos darnos de baja de todo seguro de responsabilidad civil. Asesorarnos por un buen  profesional decente del derecho que nos ayude a poner en buen recaudo nuestro patrimonio, tal como hacen políticos y muchos ladrones de guante blanco. Y si tenemos la desgracia de ser condenados por algo que se considere negligente, pues que nos lleven directamente a la cárcel, a ese gran hotel, con piscina cubierta y vis a vis. Pero no practiquemos la medicina que hace ricas a numerosas mafias.

El principal cometido de las organizaciones profesionales es controlar la mala praxis. Y, además, evitar todo acoso a sus asociados. Debemos exigirles que cumplan su cometido, que dictaminen las faltas al código deontológico antes de que proceda la justicia ordinaria. Pero después de limpiar sus juntas directivas de sobrantes de la política, entregados al mangoneo con las compañías del seguro.

Estamos viviendo una situación de preguerra civil, en la que muchos humanos sienten la tentación de convertirse en el salvaje antropoide que lleva dentro y secundar a cualquier gorila dominante capaz de dirigirnos al desastre, repitiendo nuevamente la Historia (la de Lenin, Hitler, Stalin, Castro, Mussolini, Chávez, Franco, Polpot, y otros tantos). Así que, o arreglamos injusticias como la descrita en este cuento, o acabaremos teniendo que soportar de nuevo a otro califa durante cuarenta años.

Espero que os haya gustado.
Saludos

domingo, 29 de abril de 2012

¡TENGO DISFUNCIÓN ERECTIL!


Sí, está de moda: hay que contar intimidades. Así lo hacen los petardos televisivos en sus programas de cotilleo, a cambio de altas sumas de dinero. Pero no, no es de eso de lo que va esta copla. Aunque, para no defraudar, si que intentaremos ponerle algo de morbo.

En la primera mocedad, a mediados de los sesenta, me enviaron a un colegio de pago en el que te amaestraban según la época. Allí, se impartía una clase sobre lo que hoy llamaríamos temas transversales, en las que un clérigo nos platicaba sobre un problemático asunto que, según decía, solía acuciar a todos los mozalbetes. Ese asunto, se podía resolver rotundamente, según él, aplicando algo llamado la virtud de la castidad.

Afortunadamente ocurría que, como se nos hablaba con tanto subterfugio, en ese momento casi nadie entendía ni cuál era el susodicho asunto, ni tampoco en qué consistía la llamada castidad. Para colmo, el conferenciante se jactaba de haber hecho juramento solemne (voto) de evitación del problema, por lo que a él no le afectaba desde antiguo. Así que también nos era raro que nos diera tabarra, siendo que sobre él no repercutía la cuestión.

El caso es que, tal como nos hacían creer, la cosa debía de ser grave, ya que conllevaba terribles consecuencias. No sólo psicológicas, sino también somáticas: Además de que podía acarrear la ceguera, en situaciones extremas podía provocar que nos quedásemos sin la médula. Lo que no teníamos claro era si íbamos a perder la médula ósea o la espinal. Porque gracias a las lecciones de ciencias naturales, ya conocíamos la existencia de las dos.

Tras unos años de pertenencia al pelotón de los torpes, fui expulsado del colegio de pago. Yendo a parar a una academia que recogía a todo tipo de estudiantes de desecho. El alumnado era mixto, muy progre para la época, y constituido por una mayoría de golfos y vividores de ambos sexos, todos repudiados por los diversos colegios de pago del barrio. Vamos, que el ambiente era excelente. Acabé convirtiéndome en el primero de la clase (ya se sabe, en el país de los ciegos…). Había chicas, y había unos tipos extravagantes (dos de ellos, son hoy artistas de reconocida fama internacional).

Viviendo ese ambiente, y fuera de la influencia clerical, vino la revolución endocrina causante de la adolescencia, y que se asocia al advenimiento del sexo. En aquella época no actuaban, tal como hoy, morbosos expertos subvencionados empeñados en transmitir a los chavales sus técnicas y vicios. Sólo contábamos con el intento instructor del clérigo, teniendo que descubrir el asunto por nosotros, lo cual no dejaba de ser uno de sus principales atractivos. Únicamente habíamos sido informados de las consecuencias reproductivas, pero nada más.

Conociendo ya qué era aquello de ponerse en celo, el proyecto vital de casi toda la juventud de la época respecto al tema tenía dos vertientes. Por un lado, deseábamos convertirnos en unos verdaderos libidinosos, en unos sátiros insaciables. Pero además, teníamos la ilusión llegar a ser auténticos pervertidos sexuales, o sea, ser capaces de explorar esos campos prohibidos durante aquel tiempo.

Todas las funciones corporales respondían divinamente a edades juveniles. Pero la capacidad sexual masculina no tiene referencias, porque el hombre no comenta sus hazañas, las alucina. Hacemos como con las fichas del parchís, metemos una y contamos veinte. Y eso está bien: el sexo es la tarea corporal más privada después de la defecación (salvo algún impúdico capaz de soltar discursos desde el trono, casi todos cagamos en solitario). Así que no era factible cotejar potencias. Por ello estábamos seguros de llegar a ser maniacos sexuales. Y también de que eso duraría para el resto de la vida.

En aquella época de fomento de la represión, lo de convertirse en un pervertido del sexo sí que era fácil. Se nos había explicado que cualquier actitud al respecto, fuera lo que fuera, era notablemente perversa. Así que comenzar practicando el amor libre como cualquier hippie, ir degenerando progresivamente, y llegar al cabo de los años convertido en un viejo verde, era el propósito que nos provocaba su adecuada dosis de morbo.

La juventud se va dejando atrás con el tiempo. Mientras consumimos etapas, las funciones del cuerpo se adaptan a su momento. Unas mejoran en cantidad, tal como las intelectuales, y otras se superan en calidad, tal como las físicas. Entre estas últimas se encuentra, sin duda, la sexualidad. Que con los años pasa de tener un destino eminentemente reproductor, a ser el gesto de adhesión más trascendente respecto de la pareja.

Llegamos a la madurez con la energía adaptada a los años y a sus circunstancias, con su correspondiente mengua que permite vivir en paz con el propio cuerpo. Pues eso, no funcionar a los sesenta exactamente igual que a los veinte, resulta que no es lo que manda la naturaleza. Es, ni más ni menos que una enfermedad, la llamada DISFUNCIÓN ERECTIL. Pero tranquilos, la dolencia, además de nombre nos proporciona numerosos especialistas, dispuestos a curarnos médica y psicológicamente. Y la industria, siempre tan oportuna, ya fabrica unas píldoras que, a un altísimo precio, nos transforma en veinteañeros.

Aquel sueño que comenzó con el deseo de llegar a ser maniacos del sexo ha desembocado en convertirnos en enfermos. Enfermedad que sólo paliaremos pasando por cualquier farmacia a comprar las correspondientes dosis de PIUAGRA. Potingue medicamentoso, que además de peligrosos efectos secundarios cardiovasculares, también puede provocar ceguera. Mira por donde, ya estamos otra vez con las profecías del clérigo.

Pero ahí no acaba la cosa. Va y resulta que, si lo que te pasa es completamente lo contrario, si a una edad avanzada sigues manteniendo los bríos eróticos, pues también estás enfermo. En ese caso, lo que padeces es algo llamado ADICCIÓN AL SEXO. Por supuesto, con su correspondiente tratamiento. Con ese lío yo quisiera saber si mi incapacidad de batir los record natatorios de mi mocedad es debido a una enfermedad reumática; o en caso de poder batirlos, sería por una extraña hiperactividad senil. Y si mi imposibilidad actual de zamparme quince bocadillos de una sentada, animalada  que practicaba ocasionalmente en mis años jóvenes, será debida a una insuficiencia digestiva grave que requiera remedio. ¡Vaya cacau, con todo esto! ¿No?

Analicemos ahora nuestro empeño de llegar a ser un vicioso. Pues tampoco se puede. Resulta que hoy, todas las actitudes sexuales, salvo las abusivas, han alcanzado el criterio de absoluta normalidad. Indiscutiblemente, es una  gran aportación a la libertad del individuo considerar que cada cual pueda arrejuntarse con quien quiera y utilizar su entrepierna como le dé la gana. Pero eso de que todo, todo, esté bien visto, además de un ataque directo a la industria médica, se ha llevado al traste nuestras ilusiones ¿por qué será?

Si a mí, en un momento dado, y libremente, se me ocurriera convertirme en Napoleón, me llevarían a disfrutar de unas vacaciones en una planta de Psiquiatría. Pero, ¿y si decido convertirme en la señora Thatcher? Pues eso no se arregla con unas pastillitas relajantes. Eso sería que la naturaleza se habría equivocado con mi cuerpo. Necesitaría una serie de carísimas intervenciones quirúrgicas, con rebanamiento de las ingles incluido, que me convertirían en una cumplida Dama de Hierro (con este ejemplo, seguramente, me dejarían conservar los cojones). Todo lo cual no deja de ser discriminatorio, porque ellas, cuando se untan de testosterona, sí que se acaban convirtiendo en Napoleones, y hay que tragárselo.

Yo siempre estuve convencido de que la naturaleza debería haberme premiado con el físico de Paul Newman (en sus buenos tiempos), adornado con un colgante de la magnitud del de Rocco Siffredi. Pero, ya de pequeño fui un niño obeso, al que hoy sin duda habrían calificado de enfermo; afortunadamente, el sobrepeso se convirtió en estatura tras el cambio puberal; y acabé logrando un cuerpo vulgarmente normal en todos sus aspectos. Por eso me pregunto: ¿será que se  ha equivocado la naturaleza? ¿O será una enfermedad? ¿Necesitaré pastillitas? ¿Me opero? ¿Me conformo?  ¿Seré normal? ¿Qué hago?

El Libro Gordo en el que estudiábamos medicina allá por los setenta, nos refería que la presión arterial sistólica aceptable era un uno seguido de la edad (180 a los 80 años). Y, las cifras normales de colesterol eran de hasta 300 mg/100ml. En la actualidad se han rebajado ambos valores en un treinta por cien, convirtiendo a una gran parte de la población en hipertensos y dislipémicos siendo obligados a consumir diversos fármacos, o a tragarse esos alimentos medicalizados anunciados por reconocidos charlatanes en spot televisivos. Desde luego, yo no estoy en condiciones de discutir cuáles serían más fisiológicas, las cifras actuales o las pasadas. Pero mosquea.

De momento, no se le ha ocurrido a nadie declarar a la pubertad como enfermedad. Sin embargo, una de las épocas de mayor esplendor en toda mujer, como es la del climaterio, va y resulta que es una anormalidad, que requiere tratamientos ofrecidos en las consultas privadas (y públicas) de los correspondientes especialistas. Y ello sin que patalee ninguna de esas integristas del Feminismo tan en boga, esas que reivindican que tener un embrión en sus entrañas es algo similar a que les salga un grano en el culo.

Con la moderna monserga del genoma se está vendiendo un riesgo genético de dudosa evidencia. Ello encamina hacia el quirófano a confiados ciudadanos para extirparse los órganos cuyo ADN les predice que van a matarles próximamente. O a tomarse fármacos que les prevengan de sus futuras malaltías. El negocio es redondo: aplicar la industria médica al individuo sano, que siempre será más abundante que el enfermo.

Otras recientes innovaciones son las llamadas gripe del pájaro y gripe del gorrino. Entre las dos no han matado ni a mil personas en toda su historia. Cuatro gatos, cuatro respetables gatos, comparados con la gente que mata la gripe vulgar cada año. Y nada, comparados con los millones que se llevan por delante la tuberculosis, el paludismo o el sida en los países pobres. Pero los gobiernos de los países ricos se gastaron cantidades ingentes de dinero en fármacos que nos defendieran de la infestación aviar o porcina, fármacos que acabaron en la basura.

Toda la ciencia, y sus técnicas derivadas (tal como es la medicina) forman parte de la economía de mercado, con sus mismos vicios, incluida la codicia. Eso ha generado el advenimiento de nuevos y caros tratamientos médicos, para los que se han inventado sus correspondientes enfermedades, algunas de dudoso fundamento.

La historia de Goebbels fue un juego de niños comparada con los manejos de los gabinetes de ingeniería de la conducta (vaya nombrecito) vinculados a algunos de los departamentos de marketing de las compañías. Sus técnicas neonazis consiguen dominar el comportamiento de muchos facultativos. Les dirigen su sentido crítico, participando en la edición de las revistas médicas. Hasta han cambiado el método científico, validando esa jilipollez llamada Medicina Basada en la Evidencia, en la que se intenta que las decisiones partan del dato, sin pasar por la teoría (que en medicina se llama fisiopatología), táctica que tiene un calado intelectual al nivel de las majaderías de Belén Esteban.

El médico (salvo alguna oveja negra) es un profesional serio y responsable. Pero el tinglado está tan bien organizado que los mejores, los más serios y más responsables, los que más conocimientos adquieren para poderlos aplicar a la cura de sus pacientes, son los que acaban siendo más dirigidos. Luego, son ungidos como líderes de opinión, y secundados por el resto de la profesión, gracias a congresos y reuniones financiados en casi su totalidad por la industria. Para colmo, el sistema se completa aleccionando a los mismos médicos para perseguir y descalificar a cualquiera de sus compañeros disidentes. Lo hacen a través de comisiones y comités, también tejemanejeados por las empresas.


En esta época manda el llamado capitalismo globalizador, eso que siempre se designó como imperialismo. Ahora la guerra no es rentable: los conflictos duran poco, y para cargársenos a todos en un periquete sólo se necesitaría fabricar unas escasas bombas. Los tiburones siempre han preferido los negocios en los que se nos sacrifique poco a poco y hoy, lo más rentable al respecto, es el comercio de la Salud. Por ello el médico, cualquiera que sea su especialidad, debe estar vigilante y preparado, aunque sin paranoias, para agudizar su criterio y distinguir lo que es Medicina (reconociendo que tambien mucha buena medicina viene a través de la industria) de lo que pudiera ser un sucio negocio.

Recomendaba yo a uno de mis pacientes (de 84 años) al que acababa de operar de una hernia, que evitara esfuerzos que pudieran resentir la herida. Inmediatamente terció su mujer, de aproximadamente la misma edad, para sugerirme que le prohibiera al marido que “le montara”. Yo les dije que con esa edad, y recién operado, el que siguieran con ganas de montarse, además de un éxito de la cirugía, era también un triunfo de la vida. Así que guardé sus datos, y ahora hay una placa conmemorativa en su honor junto a mis diplomas. Pero, si no estamos vigilantes, eso que hacen podría costarles un diagnóstico de cualquier rarísima dolencia necesitando un caro tratamiento.

Nada más. Espero que os haya gustado este rollo.



viernes, 16 de marzo de 2012

EL MODELO SUECO Y LOS RECORTES


A principios de los ochenta, a los mandamases del progresismo, que acababan de capturar el poder en España, se les ocurrió la feliz idea de denominar como el modelo sueco a la pauta de invasión social que iba a perpetrar su partido principal.
Muchos incautos, se regocijaron al creer que dicho modelo sueco consistía en transmutar a todos los españoles en seres altísimos, guapísimos, rubísimos y sobre todo, poseedores de una desmedida capacidad sexual.
Pocos advirtieron que en aquella época Suecia disfrutaba de un modelo político semitotalitario, parecido al mejicano, manejado por el partido Socialdemócrata,  que había intervenido todas las parcelas del Poder, políticas o no. Los   adeptos a dicho partido ocupaban las áreas de influencia en cualquier ámbito. Así que, cuando perdieron las elecciones, hicieron tan difícil el gobierno por el partido oponente, que fue imprescindible su regreso para continuar la marcha del Estado, ganando las siguientes elecciones. Ese tipo de casi dictadura, sectaria y corporativista, ha sido el modelo político soñado por la izquierda española reciente.
Así que durante los años en que gobernaron, los sociatas atestaron los puestos de responsabilidad, en todas las áreas, con un inmenso número de sus secuaces.
Sin embargo, conforme los progresistas perdían poder en España, el modelo sueco demostraba su invalidez aquí. Nuestra patria es diferente y atípica. Así que cuando la soberanía fue cayendo en manos de los conservadores,  muchos de los que habían hecho su agosto gracias al sectarismo progre, no sólo no impidieron la gobernación del Estado, tal como habían prometido, sino que pronto se cambiaron de chaqueta sin ningún escrúpulo, dejando a sus queridos valedores con dos palmos de narices.
Hay que reconocer que es una manera civilizada y tolerante de solventar el problema del corporativismo inherente al modelo sueco. Los bárbaros vikingos lo zanjaron de una manera mucho más salvaje: se cargaron al primer ministro.
Y llegamos al momento en que los conservadores conquistan las diversas parcelas de la administración española. Pues resulta que, además de no aprender la lección, nos aplicaron el modelo corporativista incluso con más vigor. Continuaron poblando los puestos influyentes con una caterva de sujetos cuyo apartado primordial en su currículum era el aval de afecto al régimen. Gente a la que el carnet del partido le ocluía alguno de sus orificios anatómicos.
Entre progresistas y conservadores se lanzó al ruedo ibérico a una tropa de osados dispuestos a torearse al resto de ciudadanos. Ingresaron en la tribu mediante ceremonia de sodomización, dirigiendo posaderas hacia alguno de los partidos imperantes. Tras ella, y después de un periodo de meritoriaje, se les concede su isla Barataria, en el partido, en la empresa privada o pública, en los sindicatos, en la administración, incluida la de justicia, en la sanidad, en la universidad, etcétera.
Hay tres tipos de especímenes pertenecientes a esta fauna. En primer lugar citaremos al ladrón. Ése se mete en el mundo del poder básicamente para robar. Es sabido que los hay entre las mejores familias. Se han difundido en todas las instituciones estatales, afanando con absoluta desfachatez.
Otro prototipo a nombrar es el inútil. Absolutamente incapaz de realizar sus funciones. Pero que rastreramente se va desenvolviendo en los diversos ambientes hasta conseguir un puesto dirigente: lo mío. Para cuyo desempeño se manifiestan como verdaderos ineptos.
Y el tercer tipo, el más peligroso, es el sinvergüenza. Que suele ser capaz de desempeñar sus funciones. Y no escamotea en lo ajeno. Pero siendo testigo, y muchas veces colaborador, de los tejemanejes de unos y de otros, se calla para no ver peligrar su cargo. Sin embargo no tienen conciencia de su actitud inmoral, se sienten legitimados, y hasta creen que se lo merecen.
¿Sería fácil, en Estados Unidos u otro país desarrollado, asegurar a qué partido está afiliado un recién nombrado jefe de negociado administrativo, o un director de hospital, o el consejero de una empresa pública? Pues bien, en España es facilísimo adivinarlo.
Los cagapoquito venidos a más adolecen de dos particularidades inconfundibles. La primera es la de ser firmes enemigos de la libertad de expresión. Reprimen la manifestación de todo comentario  que les ataña. Contra ella emplean métodos tan totalitarios como la amenaza o la coacción. Su ignorancia no les deja percatarse de que la  retroalimentación que provoca cualquier crítica es el fundamento del progreso, incluido el suyo.
Y otra característica habitual de nuestros prototipos es su comportamiento cesarista. Gustan de rodearse por un grupo de aduladores, caracterizados por su pericia consumando felaciones. Los pelotas, a los que tienen sujetos por las ídem, están esperando el momento de soltarse para asestar la puñalada trapera a su amo. Es el típico final de la biografía de cualquier césar.
Potenciando a los haraganes y a sus palmeros se refuerza el vicio que estábamos criticando: el corporativismo. Corruptela del todo inmoral e injusta, consistente en repartir prebendas inmerecidas entre amiguetes, impidiendo que los empleos sean ocupados por individuos más competentes.
Entre unos y otros han extendido tal cantidad de chapapote sobre todos los ámbitos de la nación, que veremos quién es capaz de enjuagarlo. Transformando a España en un pueblo bananero.
Estamos inmersos en una crisis económica y social que se extiende por todo Occidente. Los gobiernos imponen recortes encaminados a superar dichas crisis. Pero descargan su actuación sobre los de siempre. Pues bien, los tipejos referidos han contribuido de manera considerable a llegar a esta situación.
Los españoles siempre hemos tenido mucho aguante pero no somos idiotas. Nuestros antepasados vencieron al Islam, derrotaron a Napoleón y nos quitaron de encima el estalinismo. Ahora hay que hacerles honor y liberarnos de estos crápulas.
Tenemos directivos y trabajadores eficaces y responsables, que desde siempre han poseído la capacidad de llevar al país hacia delante. Muchos de ellos incluso, son simpatizantes o afiliados a los partidos políticos. Pero, a su vez, estamos rodeados de una plaga de ladrones, inútiles y sinvergüenzas, que han conquistado sus puestos asomándoles el carnet, de uno u otro color, por su boca o por su culo y que constituyen una rémora para salir del desastre.
Creo que el problema no se arreglará con algaradas o huelgas inútiles. Hay que actuar contra ellos. Sacándolos a la luz, denunciando sus infamias, delatando a sus adeptos, insubordinándose contra sus ocurrencias, exigiendo que devuelvan lo robado. Lo debemos hacer todos y cada uno, porque nadie lo hará por nosotros.
Y si no vuelven al redil de la honestidad, habría que pensar en que lo que es preciso recortar son los cojones de esa gentuza.
Nada más.
Otro día os contaré lo que pienso de lo que pasa en la empresa privada. De los parados o prejubilados con subvención que trabajan en la economía sumergida. O de los empresarios que les contratan. Ahí, también habría que capar a unos cuant@s.
Saludos