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viernes, 16 de noviembre de 2012

SINDICATOS


“… En 1936, en España,  la CNT (Confederación Nacional del Trabajo, organización de ideología anarcosindicalista) tenía un solo funcionario a sueldo y un millón de afiliados…”
FERNANDO GARCÍA DE CORTAZAR

Igualito, igualito que ahora.

viernes, 2 de noviembre de 2012

OBRA MAESTRA


“Por definición, una obra maestra es algo que ha alcanzado su forma definitiva”
FRANÇOIS TRUFFAUT
Pues por aquí hay papanatas que han sido capaces de desestructurar la tortilla de patatas ¡nada menos!
Y mesnadas de incautos, que hacen cola por probarla. E incluso pagan por ello.
Es que tenemos “gente pa to”.

lunes, 16 de julio de 2012

LO QUE EL MÉDICO YERRA… (sobre la responsabilidad del sanitario)


Hasta hace unas décadas, la visita médica consistía en una ceremonia pomposa en la que el facultativo aparentaba una sapiencia tan absoluta como falsa. Su impostura se acompañaba de buen traje, mejores modales, lujoso carruaje, cara minuta y  mucha circunspección. Pero no curaban casi nada. Si alguien recuperaba la salud, era gracias a su naturaleza. El papel del facultativo se limitaba a paliar o consolar. Aunque ya entonces se le hacía responsable del fracaso de la medicina, la cosa no pasaba de ahí. El refranero español zanjaba el asunto con esa sentencia: “todo lo que lo que el médico yerra, lo tapa la tierra”.

Pero, gracias a las lecciones de nuestros antepasados, al desarrollo científico, y al trabajo y dedicación de los profesionales sanitarios de hoy, hemos llegado a un nivel de conocimientos médicos cuya aplicación consigue curar numerosas enfermedades. Y a alcanzar una esperanza de vida del doble de años que la gente de la generación de nuestros abuelos. Pues, a pesar de ello, resulta que ahora, el médico vive más perseguido que nunca.

Lo que el médico yerra hoy en día, no lo tapa la tierra. Hoy pervive entre un amplio zanganerío dedicado a la explotación del error médico, que lo escampa a través del Universo. Desde los picapleitos, a los del negocio de los seguros, de las asociaciones de pacientes, al petardeo televisivo, e incluso de las corporaciones profesionales médicas que, imbuidos en el capitalismo integrista representado por la industria, se encargan de explotar el desacierto de cualquier sanitario.

Pero, ¿qué es un error médico? Cuando alguien toma una decisión para resolver cualquier problema que tenga diversas vías de solución, sólo será capaz de conocer lo que acontece habiendo optado por el camino escogido. El hecho de que el final de ese camino elegido sea el fracaso, no implica taxativamente que las otras opciones nos hubieran conducido al éxito. Que el médico no acierte no implica que yerre, ni que sea negligente, ni un ignorante, ni un criminal. Ningún juzgador podría asegurarlo.

La estafa comienza con el sofisma del llamado “derecho a la salud”, que sólo podría conceder Dios, suponiendo que exista. Poder que se ha ido convirtiendo en un derecho a la inmortalidad. La única exigencia reconocible es la de la asistencia sanitaria digna, tal como sucedía en España hasta hace poco (hoy, con los gestores que soportamos, ese reconocimiento es dudoso). Así que si la medicina falla, el cabeza de turco va a ser, sin lugar a dudas, el médico.

En los medios de comunicación  vemos a diversos ignorantes (algunos ilustrados, y la mayoría sin ninguna ilustración) pertenecientes a diferentes ámbitos, como se atreven a comentar las consecuencias de las decisiones médicas. Todos convencidos de que la medicina es infalible, de que su fracaso es siempre debido a la negligencia del sanitario. Incluso gente a la que la medicina no ha conseguido sacarle de su tragedia, se atribuye el derecho de compensar su tristeza atacando a lo que tiene a mano. Toman al médico como cabeza de turco y provocan, egoístamente, un enorme perjuicio a los que le rodean y a toda la sociedad.

Los hombres confían su vida al médico para que acomode sus conocimientos a conseguir su sanación. Ello le confiere un extraordinario poder que, sin duda, la ciudadanía tiene derecho a controlar. Porque es posible que entre los galenos se camufle algún criminal psicópata asesino, lo cual, aunque posible, no dejaría de ser una absoluta rareza. También es fácil que algunos sinvergüenzas, explotando sus poderes místicos, estén dispuestos a hacer caja a costa de la ignorancia de algunos usuarios; pero eso, aunque lo vemos de vez en cuando, no deja de ser una total excepción. En su casi mayoría, el sanitario es un profesional serio y responsable, pero hombre, y puede equivocarse.

Los jueces la cagan todos los días; sus sentencias son revocadas en instancias superiores; se equivocan, y su también enorme poder provoca daños irreparables sin que nadie les pida cuenta. Lo mismo sucede con abogados y demás participantes en el montaje judicial. Y qué decir de esos políticos bribones, ases del crimen impune. O los banqueros, que tras arruinar a ahorradores, se van de rositas llevándose sus viles indemnizaciones. Pero con saña, sólo se persigue al médico.

Y ¿por qué de este acoso? Según los hindúes, la sufrida vida del sanitario es resultante de una purgación por su karma duro (el negativo, el de sus malas acciones) de su vida previa. Es decir que el médico deberá vivir su infierno, condenado por los pecados de su anterior reencarnación. La persecución ¿será a causa de lo puta que fue en otras vidas? Yo creo que no; que el motivo es mucho más prosaico. Es lo de siempre: la codicia. Muchas tribus sacan provecho de la situación.

El acto fallido de un sanitario puede valer 100 millones de indemnización. Pero cuando acierta con su oficio, éste sólo vale lo que se refleja en su sórdida nómina de funcionario, recientemente rebajada. Como sería de justicia, la capacidad económica obtenida de los éxitos debería ser suficiente para cubrir la responsabilidad (si es que la tiene) de los fracasos sin necesidad de contratar costosos seguros. La maquinaria estatal que permite tal coyuntura es totalitaria, al servicio de las aseguradoras.

Cuando un residente comienza su formación en cualquier servicio médico, lo primero que aprende es la aplicación de la medicina defensiva. Es aleccionado a que solicite una batería de exploraciones inútiles, incluso antes de haber escuchado o tocado al paciente, y que sólo servirán para justificar la compra de un carísimo aparataje. Y luego, sin ninguna seguridad diagnóstica, deberá pautar fármacos que curen o prevengan diversos procesos. Lo que engordará el negocio de unos y otros, generando una sanidad carísima. Esos beneficiados son los que fomentan la susodicha medicina defensiva.

Las corporaciones profesionales no resuelven esta cacería al facultativo y, además sus gestores sacan tajada a la hora de hacerse con el poder. Si cambia el seguro cuando cambian los gestores, tendremos que sospechar que mangonean mancomunándose con las aseguradoras. Y si los perdedores de las elecciones se callan, recelamos de que hacían lo mismo con la compañía del seguro antiguo. Esta actitud es la que, dentro de este lío, a mí me parece la más rastrera y miserable.

Así pues, las organizaciones que deberían cuidar del sanitario no solo no lo hacen, sino que permiten que asociaciones que se declaran defensoras del usuario, sean las que controlen e inciten a poner demandas. La mayoría de las cuales no van encaminadas a defender a nadie, sino a hacer al sanitario blanco de frustraciones y rencores. Y sobre todo, guiadas por las mafias, orientar de cómo sacar tajada dineraria de los carísimos seguros que nos vemos necesitados a contratar.

Yo creo que lo que estamos relatando es uno de los últimos coletazos del Capitalismo liberal. Hace 20 años murió el Comunismo, víctima de sus miserias. Ahora está palmando el Liberalismo relativista del “todo vale” que ha conducido a que la “economía criminal” domine al mundo. Depravados de todo tipo, ladrones, traficantes de armas y de drogas, evasores de divisas y sus paraísos fiscales, políticos corruptos, etc., subyugan a compañías, nacionales y multinacionales, e incluso a Estados. Gentuza que aplica sus artimañas corruptas, como la relatada en esta monserga.

Las sociedades acaban rebelándose ante actitudes totalitarias intolerantes. Pero mientras tanto, ¿qué hacemos? Hay quien piensa que, en vez de seguros, deberíamos contratar una iguala con cualquier banda de sicarios capaz de defendernos (al fin y al cabo, a alguno le hemos salvado la vida, nos deben favores, y se nos han ofrecido). Esa sería una actitud cafre  que acabaría mal. Pero que es acorde con el contexto bananero en el que se desenvuelve actualmente España.

Con o sin sicarios, creo que deberíamos cambiar la medicina defensiva por la medicina atacante. A ese populacho que nos exige comportarnos como Marañones, pero se atreve a tratarnos como trapos, y que sólo busca el dinero, debemos de atacarle con las contrademandas. Por daños morales y por injuriar nuestro buen nombre y honor, tratándonos como asesinos en potencia.

Debemos exigir a las autoridades que legislen contra la perversa actitud que nos obliga a practicar la medicina defensiva. A muchos políticos, la ciudadanía y los médicos les importan un bledo. Conocidos y múltiples son los legisladores imbuidos en la economía criminal. Pero las leyes deberían prevenir el expolio a las arcas públicas y privadas que presuponen los gastos inútiles que conlleva la medicina defensiva.

Deberíamos darnos de baja de todo seguro de responsabilidad civil. Asesorarnos por un buen  profesional decente del derecho que nos ayude a poner en buen recaudo nuestro patrimonio, tal como hacen políticos y muchos ladrones de guante blanco. Y si tenemos la desgracia de ser condenados por algo que se considere negligente, pues que nos lleven directamente a la cárcel, a ese gran hotel, con piscina cubierta y vis a vis. Pero no practiquemos la medicina que hace ricas a numerosas mafias.

El principal cometido de las organizaciones profesionales es controlar la mala praxis. Y, además, evitar todo acoso a sus asociados. Debemos exigirles que cumplan su cometido, que dictaminen las faltas al código deontológico antes de que proceda la justicia ordinaria. Pero después de limpiar sus juntas directivas de sobrantes de la política, entregados al mangoneo con las compañías del seguro.

Estamos viviendo una situación de preguerra civil, en la que muchos humanos sienten la tentación de convertirse en el salvaje antropoide que lleva dentro y secundar a cualquier gorila dominante capaz de dirigirnos al desastre, repitiendo nuevamente la Historia (la de Lenin, Hitler, Stalin, Castro, Mussolini, Chávez, Franco, Polpot, y otros tantos). Así que, o arreglamos injusticias como la descrita en este cuento, o acabaremos teniendo que soportar de nuevo a otro califa durante cuarenta años.

Espero que os haya gustado.
Saludos

viernes, 16 de marzo de 2012

EL MODELO SUECO Y LOS RECORTES


A principios de los ochenta, a los mandamases del progresismo, que acababan de capturar el poder en España, se les ocurrió la feliz idea de denominar como el modelo sueco a la pauta de invasión social que iba a perpetrar su partido principal.
Muchos incautos, se regocijaron al creer que dicho modelo sueco consistía en transmutar a todos los españoles en seres altísimos, guapísimos, rubísimos y sobre todo, poseedores de una desmedida capacidad sexual.
Pocos advirtieron que en aquella época Suecia disfrutaba de un modelo político semitotalitario, parecido al mejicano, manejado por el partido Socialdemócrata,  que había intervenido todas las parcelas del Poder, políticas o no. Los   adeptos a dicho partido ocupaban las áreas de influencia en cualquier ámbito. Así que, cuando perdieron las elecciones, hicieron tan difícil el gobierno por el partido oponente, que fue imprescindible su regreso para continuar la marcha del Estado, ganando las siguientes elecciones. Ese tipo de casi dictadura, sectaria y corporativista, ha sido el modelo político soñado por la izquierda española reciente.
Así que durante los años en que gobernaron, los sociatas atestaron los puestos de responsabilidad, en todas las áreas, con un inmenso número de sus secuaces.
Sin embargo, conforme los progresistas perdían poder en España, el modelo sueco demostraba su invalidez aquí. Nuestra patria es diferente y atípica. Así que cuando la soberanía fue cayendo en manos de los conservadores,  muchos de los que habían hecho su agosto gracias al sectarismo progre, no sólo no impidieron la gobernación del Estado, tal como habían prometido, sino que pronto se cambiaron de chaqueta sin ningún escrúpulo, dejando a sus queridos valedores con dos palmos de narices.
Hay que reconocer que es una manera civilizada y tolerante de solventar el problema del corporativismo inherente al modelo sueco. Los bárbaros vikingos lo zanjaron de una manera mucho más salvaje: se cargaron al primer ministro.
Y llegamos al momento en que los conservadores conquistan las diversas parcelas de la administración española. Pues resulta que, además de no aprender la lección, nos aplicaron el modelo corporativista incluso con más vigor. Continuaron poblando los puestos influyentes con una caterva de sujetos cuyo apartado primordial en su currículum era el aval de afecto al régimen. Gente a la que el carnet del partido le ocluía alguno de sus orificios anatómicos.
Entre progresistas y conservadores se lanzó al ruedo ibérico a una tropa de osados dispuestos a torearse al resto de ciudadanos. Ingresaron en la tribu mediante ceremonia de sodomización, dirigiendo posaderas hacia alguno de los partidos imperantes. Tras ella, y después de un periodo de meritoriaje, se les concede su isla Barataria, en el partido, en la empresa privada o pública, en los sindicatos, en la administración, incluida la de justicia, en la sanidad, en la universidad, etcétera.
Hay tres tipos de especímenes pertenecientes a esta fauna. En primer lugar citaremos al ladrón. Ése se mete en el mundo del poder básicamente para robar. Es sabido que los hay entre las mejores familias. Se han difundido en todas las instituciones estatales, afanando con absoluta desfachatez.
Otro prototipo a nombrar es el inútil. Absolutamente incapaz de realizar sus funciones. Pero que rastreramente se va desenvolviendo en los diversos ambientes hasta conseguir un puesto dirigente: lo mío. Para cuyo desempeño se manifiestan como verdaderos ineptos.
Y el tercer tipo, el más peligroso, es el sinvergüenza. Que suele ser capaz de desempeñar sus funciones. Y no escamotea en lo ajeno. Pero siendo testigo, y muchas veces colaborador, de los tejemanejes de unos y de otros, se calla para no ver peligrar su cargo. Sin embargo no tienen conciencia de su actitud inmoral, se sienten legitimados, y hasta creen que se lo merecen.
¿Sería fácil, en Estados Unidos u otro país desarrollado, asegurar a qué partido está afiliado un recién nombrado jefe de negociado administrativo, o un director de hospital, o el consejero de una empresa pública? Pues bien, en España es facilísimo adivinarlo.
Los cagapoquito venidos a más adolecen de dos particularidades inconfundibles. La primera es la de ser firmes enemigos de la libertad de expresión. Reprimen la manifestación de todo comentario  que les ataña. Contra ella emplean métodos tan totalitarios como la amenaza o la coacción. Su ignorancia no les deja percatarse de que la  retroalimentación que provoca cualquier crítica es el fundamento del progreso, incluido el suyo.
Y otra característica habitual de nuestros prototipos es su comportamiento cesarista. Gustan de rodearse por un grupo de aduladores, caracterizados por su pericia consumando felaciones. Los pelotas, a los que tienen sujetos por las ídem, están esperando el momento de soltarse para asestar la puñalada trapera a su amo. Es el típico final de la biografía de cualquier césar.
Potenciando a los haraganes y a sus palmeros se refuerza el vicio que estábamos criticando: el corporativismo. Corruptela del todo inmoral e injusta, consistente en repartir prebendas inmerecidas entre amiguetes, impidiendo que los empleos sean ocupados por individuos más competentes.
Entre unos y otros han extendido tal cantidad de chapapote sobre todos los ámbitos de la nación, que veremos quién es capaz de enjuagarlo. Transformando a España en un pueblo bananero.
Estamos inmersos en una crisis económica y social que se extiende por todo Occidente. Los gobiernos imponen recortes encaminados a superar dichas crisis. Pero descargan su actuación sobre los de siempre. Pues bien, los tipejos referidos han contribuido de manera considerable a llegar a esta situación.
Los españoles siempre hemos tenido mucho aguante pero no somos idiotas. Nuestros antepasados vencieron al Islam, derrotaron a Napoleón y nos quitaron de encima el estalinismo. Ahora hay que hacerles honor y liberarnos de estos crápulas.
Tenemos directivos y trabajadores eficaces y responsables, que desde siempre han poseído la capacidad de llevar al país hacia delante. Muchos de ellos incluso, son simpatizantes o afiliados a los partidos políticos. Pero, a su vez, estamos rodeados de una plaga de ladrones, inútiles y sinvergüenzas, que han conquistado sus puestos asomándoles el carnet, de uno u otro color, por su boca o por su culo y que constituyen una rémora para salir del desastre.
Creo que el problema no se arreglará con algaradas o huelgas inútiles. Hay que actuar contra ellos. Sacándolos a la luz, denunciando sus infamias, delatando a sus adeptos, insubordinándose contra sus ocurrencias, exigiendo que devuelvan lo robado. Lo debemos hacer todos y cada uno, porque nadie lo hará por nosotros.
Y si no vuelven al redil de la honestidad, habría que pensar en que lo que es preciso recortar son los cojones de esa gentuza.
Nada más.
Otro día os contaré lo que pienso de lo que pasa en la empresa privada. De los parados o prejubilados con subvención que trabajan en la economía sumergida. O de los empresarios que les contratan. Ahí, también habría que capar a unos cuant@s.
Saludos