domingo, 29 de abril de 2012

¡TENGO DISFUNCIÓN ERECTIL!


Sí, está de moda: hay que contar intimidades. Así lo hacen los petardos televisivos en sus programas de cotilleo, a cambio de altas sumas de dinero. Pero no, no es de eso de lo que va esta copla. Aunque, para no defraudar, si que intentaremos ponerle algo de morbo.

En la primera mocedad, a mediados de los sesenta, me enviaron a un colegio de pago en el que te amaestraban según la época. Allí, se impartía una clase sobre lo que hoy llamaríamos temas transversales, en las que un clérigo nos platicaba sobre un problemático asunto que, según decía, solía acuciar a todos los mozalbetes. Ese asunto, se podía resolver rotundamente, según él, aplicando algo llamado la virtud de la castidad.

Afortunadamente ocurría que, como se nos hablaba con tanto subterfugio, en ese momento casi nadie entendía ni cuál era el susodicho asunto, ni tampoco en qué consistía la llamada castidad. Para colmo, el conferenciante se jactaba de haber hecho juramento solemne (voto) de evitación del problema, por lo que a él no le afectaba desde antiguo. Así que también nos era raro que nos diera tabarra, siendo que sobre él no repercutía la cuestión.

El caso es que, tal como nos hacían creer, la cosa debía de ser grave, ya que conllevaba terribles consecuencias. No sólo psicológicas, sino también somáticas: Además de que podía acarrear la ceguera, en situaciones extremas podía provocar que nos quedásemos sin la médula. Lo que no teníamos claro era si íbamos a perder la médula ósea o la espinal. Porque gracias a las lecciones de ciencias naturales, ya conocíamos la existencia de las dos.

Tras unos años de pertenencia al pelotón de los torpes, fui expulsado del colegio de pago. Yendo a parar a una academia que recogía a todo tipo de estudiantes de desecho. El alumnado era mixto, muy progre para la época, y constituido por una mayoría de golfos y vividores de ambos sexos, todos repudiados por los diversos colegios de pago del barrio. Vamos, que el ambiente era excelente. Acabé convirtiéndome en el primero de la clase (ya se sabe, en el país de los ciegos…). Había chicas, y había unos tipos extravagantes (dos de ellos, son hoy artistas de reconocida fama internacional).

Viviendo ese ambiente, y fuera de la influencia clerical, vino la revolución endocrina causante de la adolescencia, y que se asocia al advenimiento del sexo. En aquella época no actuaban, tal como hoy, morbosos expertos subvencionados empeñados en transmitir a los chavales sus técnicas y vicios. Sólo contábamos con el intento instructor del clérigo, teniendo que descubrir el asunto por nosotros, lo cual no dejaba de ser uno de sus principales atractivos. Únicamente habíamos sido informados de las consecuencias reproductivas, pero nada más.

Conociendo ya qué era aquello de ponerse en celo, el proyecto vital de casi toda la juventud de la época respecto al tema tenía dos vertientes. Por un lado, deseábamos convertirnos en unos verdaderos libidinosos, en unos sátiros insaciables. Pero además, teníamos la ilusión llegar a ser auténticos pervertidos sexuales, o sea, ser capaces de explorar esos campos prohibidos durante aquel tiempo.

Todas las funciones corporales respondían divinamente a edades juveniles. Pero la capacidad sexual masculina no tiene referencias, porque el hombre no comenta sus hazañas, las alucina. Hacemos como con las fichas del parchís, metemos una y contamos veinte. Y eso está bien: el sexo es la tarea corporal más privada después de la defecación (salvo algún impúdico capaz de soltar discursos desde el trono, casi todos cagamos en solitario). Así que no era factible cotejar potencias. Por ello estábamos seguros de llegar a ser maniacos sexuales. Y también de que eso duraría para el resto de la vida.

En aquella época de fomento de la represión, lo de convertirse en un pervertido del sexo sí que era fácil. Se nos había explicado que cualquier actitud al respecto, fuera lo que fuera, era notablemente perversa. Así que comenzar practicando el amor libre como cualquier hippie, ir degenerando progresivamente, y llegar al cabo de los años convertido en un viejo verde, era el propósito que nos provocaba su adecuada dosis de morbo.

La juventud se va dejando atrás con el tiempo. Mientras consumimos etapas, las funciones del cuerpo se adaptan a su momento. Unas mejoran en cantidad, tal como las intelectuales, y otras se superan en calidad, tal como las físicas. Entre estas últimas se encuentra, sin duda, la sexualidad. Que con los años pasa de tener un destino eminentemente reproductor, a ser el gesto de adhesión más trascendente respecto de la pareja.

Llegamos a la madurez con la energía adaptada a los años y a sus circunstancias, con su correspondiente mengua que permite vivir en paz con el propio cuerpo. Pues eso, no funcionar a los sesenta exactamente igual que a los veinte, resulta que no es lo que manda la naturaleza. Es, ni más ni menos que una enfermedad, la llamada DISFUNCIÓN ERECTIL. Pero tranquilos, la dolencia, además de nombre nos proporciona numerosos especialistas, dispuestos a curarnos médica y psicológicamente. Y la industria, siempre tan oportuna, ya fabrica unas píldoras que, a un altísimo precio, nos transforma en veinteañeros.

Aquel sueño que comenzó con el deseo de llegar a ser maniacos del sexo ha desembocado en convertirnos en enfermos. Enfermedad que sólo paliaremos pasando por cualquier farmacia a comprar las correspondientes dosis de PIUAGRA. Potingue medicamentoso, que además de peligrosos efectos secundarios cardiovasculares, también puede provocar ceguera. Mira por donde, ya estamos otra vez con las profecías del clérigo.

Pero ahí no acaba la cosa. Va y resulta que, si lo que te pasa es completamente lo contrario, si a una edad avanzada sigues manteniendo los bríos eróticos, pues también estás enfermo. En ese caso, lo que padeces es algo llamado ADICCIÓN AL SEXO. Por supuesto, con su correspondiente tratamiento. Con ese lío yo quisiera saber si mi incapacidad de batir los record natatorios de mi mocedad es debido a una enfermedad reumática; o en caso de poder batirlos, sería por una extraña hiperactividad senil. Y si mi imposibilidad actual de zamparme quince bocadillos de una sentada, animalada  que practicaba ocasionalmente en mis años jóvenes, será debida a una insuficiencia digestiva grave que requiera remedio. ¡Vaya cacau, con todo esto! ¿No?

Analicemos ahora nuestro empeño de llegar a ser un vicioso. Pues tampoco se puede. Resulta que hoy, todas las actitudes sexuales, salvo las abusivas, han alcanzado el criterio de absoluta normalidad. Indiscutiblemente, es una  gran aportación a la libertad del individuo considerar que cada cual pueda arrejuntarse con quien quiera y utilizar su entrepierna como le dé la gana. Pero eso de que todo, todo, esté bien visto, además de un ataque directo a la industria médica, se ha llevado al traste nuestras ilusiones ¿por qué será?

Si a mí, en un momento dado, y libremente, se me ocurriera convertirme en Napoleón, me llevarían a disfrutar de unas vacaciones en una planta de Psiquiatría. Pero, ¿y si decido convertirme en la señora Thatcher? Pues eso no se arregla con unas pastillitas relajantes. Eso sería que la naturaleza se habría equivocado con mi cuerpo. Necesitaría una serie de carísimas intervenciones quirúrgicas, con rebanamiento de las ingles incluido, que me convertirían en una cumplida Dama de Hierro (con este ejemplo, seguramente, me dejarían conservar los cojones). Todo lo cual no deja de ser discriminatorio, porque ellas, cuando se untan de testosterona, sí que se acaban convirtiendo en Napoleones, y hay que tragárselo.

Yo siempre estuve convencido de que la naturaleza debería haberme premiado con el físico de Paul Newman (en sus buenos tiempos), adornado con un colgante de la magnitud del de Rocco Siffredi. Pero, ya de pequeño fui un niño obeso, al que hoy sin duda habrían calificado de enfermo; afortunadamente, el sobrepeso se convirtió en estatura tras el cambio puberal; y acabé logrando un cuerpo vulgarmente normal en todos sus aspectos. Por eso me pregunto: ¿será que se  ha equivocado la naturaleza? ¿O será una enfermedad? ¿Necesitaré pastillitas? ¿Me opero? ¿Me conformo?  ¿Seré normal? ¿Qué hago?

El Libro Gordo en el que estudiábamos medicina allá por los setenta, nos refería que la presión arterial sistólica aceptable era un uno seguido de la edad (180 a los 80 años). Y, las cifras normales de colesterol eran de hasta 300 mg/100ml. En la actualidad se han rebajado ambos valores en un treinta por cien, convirtiendo a una gran parte de la población en hipertensos y dislipémicos siendo obligados a consumir diversos fármacos, o a tragarse esos alimentos medicalizados anunciados por reconocidos charlatanes en spot televisivos. Desde luego, yo no estoy en condiciones de discutir cuáles serían más fisiológicas, las cifras actuales o las pasadas. Pero mosquea.

De momento, no se le ha ocurrido a nadie declarar a la pubertad como enfermedad. Sin embargo, una de las épocas de mayor esplendor en toda mujer, como es la del climaterio, va y resulta que es una anormalidad, que requiere tratamientos ofrecidos en las consultas privadas (y públicas) de los correspondientes especialistas. Y ello sin que patalee ninguna de esas integristas del Feminismo tan en boga, esas que reivindican que tener un embrión en sus entrañas es algo similar a que les salga un grano en el culo.

Con la moderna monserga del genoma se está vendiendo un riesgo genético de dudosa evidencia. Ello encamina hacia el quirófano a confiados ciudadanos para extirparse los órganos cuyo ADN les predice que van a matarles próximamente. O a tomarse fármacos que les prevengan de sus futuras malaltías. El negocio es redondo: aplicar la industria médica al individuo sano, que siempre será más abundante que el enfermo.

Otras recientes innovaciones son las llamadas gripe del pájaro y gripe del gorrino. Entre las dos no han matado ni a mil personas en toda su historia. Cuatro gatos, cuatro respetables gatos, comparados con la gente que mata la gripe vulgar cada año. Y nada, comparados con los millones que se llevan por delante la tuberculosis, el paludismo o el sida en los países pobres. Pero los gobiernos de los países ricos se gastaron cantidades ingentes de dinero en fármacos que nos defendieran de la infestación aviar o porcina, fármacos que acabaron en la basura.

Toda la ciencia, y sus técnicas derivadas (tal como es la medicina) forman parte de la economía de mercado, con sus mismos vicios, incluida la codicia. Eso ha generado el advenimiento de nuevos y caros tratamientos médicos, para los que se han inventado sus correspondientes enfermedades, algunas de dudoso fundamento.

La historia de Goebbels fue un juego de niños comparada con los manejos de los gabinetes de ingeniería de la conducta (vaya nombrecito) vinculados a algunos de los departamentos de marketing de las compañías. Sus técnicas neonazis consiguen dominar el comportamiento de muchos facultativos. Les dirigen su sentido crítico, participando en la edición de las revistas médicas. Hasta han cambiado el método científico, validando esa jilipollez llamada Medicina Basada en la Evidencia, en la que se intenta que las decisiones partan del dato, sin pasar por la teoría (que en medicina se llama fisiopatología), táctica que tiene un calado intelectual al nivel de las majaderías de Belén Esteban.

El médico (salvo alguna oveja negra) es un profesional serio y responsable. Pero el tinglado está tan bien organizado que los mejores, los más serios y más responsables, los que más conocimientos adquieren para poderlos aplicar a la cura de sus pacientes, son los que acaban siendo más dirigidos. Luego, son ungidos como líderes de opinión, y secundados por el resto de la profesión, gracias a congresos y reuniones financiados en casi su totalidad por la industria. Para colmo, el sistema se completa aleccionando a los mismos médicos para perseguir y descalificar a cualquiera de sus compañeros disidentes. Lo hacen a través de comisiones y comités, también tejemanejeados por las empresas.


En esta época manda el llamado capitalismo globalizador, eso que siempre se designó como imperialismo. Ahora la guerra no es rentable: los conflictos duran poco, y para cargársenos a todos en un periquete sólo se necesitaría fabricar unas escasas bombas. Los tiburones siempre han preferido los negocios en los que se nos sacrifique poco a poco y hoy, lo más rentable al respecto, es el comercio de la Salud. Por ello el médico, cualquiera que sea su especialidad, debe estar vigilante y preparado, aunque sin paranoias, para agudizar su criterio y distinguir lo que es Medicina (reconociendo que tambien mucha buena medicina viene a través de la industria) de lo que pudiera ser un sucio negocio.

Recomendaba yo a uno de mis pacientes (de 84 años) al que acababa de operar de una hernia, que evitara esfuerzos que pudieran resentir la herida. Inmediatamente terció su mujer, de aproximadamente la misma edad, para sugerirme que le prohibiera al marido que “le montara”. Yo les dije que con esa edad, y recién operado, el que siguieran con ganas de montarse, además de un éxito de la cirugía, era también un triunfo de la vida. Así que guardé sus datos, y ahora hay una placa conmemorativa en su honor junto a mis diplomas. Pero, si no estamos vigilantes, eso que hacen podría costarles un diagnóstico de cualquier rarísima dolencia necesitando un caro tratamiento.

Nada más. Espero que os haya gustado este rollo.



viernes, 16 de marzo de 2012

EL MODELO SUECO Y LOS RECORTES


A principios de los ochenta, a los mandamases del progresismo, que acababan de capturar el poder en España, se les ocurrió la feliz idea de denominar como el modelo sueco a la pauta de invasión social que iba a perpetrar su partido principal.
Muchos incautos, se regocijaron al creer que dicho modelo sueco consistía en transmutar a todos los españoles en seres altísimos, guapísimos, rubísimos y sobre todo, poseedores de una desmedida capacidad sexual.
Pocos advirtieron que en aquella época Suecia disfrutaba de un modelo político semitotalitario, parecido al mejicano, manejado por el partido Socialdemócrata,  que había intervenido todas las parcelas del Poder, políticas o no. Los   adeptos a dicho partido ocupaban las áreas de influencia en cualquier ámbito. Así que, cuando perdieron las elecciones, hicieron tan difícil el gobierno por el partido oponente, que fue imprescindible su regreso para continuar la marcha del Estado, ganando las siguientes elecciones. Ese tipo de casi dictadura, sectaria y corporativista, ha sido el modelo político soñado por la izquierda española reciente.
Así que durante los años en que gobernaron, los sociatas atestaron los puestos de responsabilidad, en todas las áreas, con un inmenso número de sus secuaces.
Sin embargo, conforme los progresistas perdían poder en España, el modelo sueco demostraba su invalidez aquí. Nuestra patria es diferente y atípica. Así que cuando la soberanía fue cayendo en manos de los conservadores,  muchos de los que habían hecho su agosto gracias al sectarismo progre, no sólo no impidieron la gobernación del Estado, tal como habían prometido, sino que pronto se cambiaron de chaqueta sin ningún escrúpulo, dejando a sus queridos valedores con dos palmos de narices.
Hay que reconocer que es una manera civilizada y tolerante de solventar el problema del corporativismo inherente al modelo sueco. Los bárbaros vikingos lo zanjaron de una manera mucho más salvaje: se cargaron al primer ministro.
Y llegamos al momento en que los conservadores conquistan las diversas parcelas de la administración española. Pues resulta que, además de no aprender la lección, nos aplicaron el modelo corporativista incluso con más vigor. Continuaron poblando los puestos influyentes con una caterva de sujetos cuyo apartado primordial en su currículum era el aval de afecto al régimen. Gente a la que el carnet del partido le ocluía alguno de sus orificios anatómicos.
Entre progresistas y conservadores se lanzó al ruedo ibérico a una tropa de osados dispuestos a torearse al resto de ciudadanos. Ingresaron en la tribu mediante ceremonia de sodomización, dirigiendo posaderas hacia alguno de los partidos imperantes. Tras ella, y después de un periodo de meritoriaje, se les concede su isla Barataria, en el partido, en la empresa privada o pública, en los sindicatos, en la administración, incluida la de justicia, en la sanidad, en la universidad, etcétera.
Hay tres tipos de especímenes pertenecientes a esta fauna. En primer lugar citaremos al ladrón. Ése se mete en el mundo del poder básicamente para robar. Es sabido que los hay entre las mejores familias. Se han difundido en todas las instituciones estatales, afanando con absoluta desfachatez.
Otro prototipo a nombrar es el inútil. Absolutamente incapaz de realizar sus funciones. Pero que rastreramente se va desenvolviendo en los diversos ambientes hasta conseguir un puesto dirigente: lo mío. Para cuyo desempeño se manifiestan como verdaderos ineptos.
Y el tercer tipo, el más peligroso, es el sinvergüenza. Que suele ser capaz de desempeñar sus funciones. Y no escamotea en lo ajeno. Pero siendo testigo, y muchas veces colaborador, de los tejemanejes de unos y de otros, se calla para no ver peligrar su cargo. Sin embargo no tienen conciencia de su actitud inmoral, se sienten legitimados, y hasta creen que se lo merecen.
¿Sería fácil, en Estados Unidos u otro país desarrollado, asegurar a qué partido está afiliado un recién nombrado jefe de negociado administrativo, o un director de hospital, o el consejero de una empresa pública? Pues bien, en España es facilísimo adivinarlo.
Los cagapoquito venidos a más adolecen de dos particularidades inconfundibles. La primera es la de ser firmes enemigos de la libertad de expresión. Reprimen la manifestación de todo comentario  que les ataña. Contra ella emplean métodos tan totalitarios como la amenaza o la coacción. Su ignorancia no les deja percatarse de que la  retroalimentación que provoca cualquier crítica es el fundamento del progreso, incluido el suyo.
Y otra característica habitual de nuestros prototipos es su comportamiento cesarista. Gustan de rodearse por un grupo de aduladores, caracterizados por su pericia consumando felaciones. Los pelotas, a los que tienen sujetos por las ídem, están esperando el momento de soltarse para asestar la puñalada trapera a su amo. Es el típico final de la biografía de cualquier césar.
Potenciando a los haraganes y a sus palmeros se refuerza el vicio que estábamos criticando: el corporativismo. Corruptela del todo inmoral e injusta, consistente en repartir prebendas inmerecidas entre amiguetes, impidiendo que los empleos sean ocupados por individuos más competentes.
Entre unos y otros han extendido tal cantidad de chapapote sobre todos los ámbitos de la nación, que veremos quién es capaz de enjuagarlo. Transformando a España en un pueblo bananero.
Estamos inmersos en una crisis económica y social que se extiende por todo Occidente. Los gobiernos imponen recortes encaminados a superar dichas crisis. Pero descargan su actuación sobre los de siempre. Pues bien, los tipejos referidos han contribuido de manera considerable a llegar a esta situación.
Los españoles siempre hemos tenido mucho aguante pero no somos idiotas. Nuestros antepasados vencieron al Islam, derrotaron a Napoleón y nos quitaron de encima el estalinismo. Ahora hay que hacerles honor y liberarnos de estos crápulas.
Tenemos directivos y trabajadores eficaces y responsables, que desde siempre han poseído la capacidad de llevar al país hacia delante. Muchos de ellos incluso, son simpatizantes o afiliados a los partidos políticos. Pero, a su vez, estamos rodeados de una plaga de ladrones, inútiles y sinvergüenzas, que han conquistado sus puestos asomándoles el carnet, de uno u otro color, por su boca o por su culo y que constituyen una rémora para salir del desastre.
Creo que el problema no se arreglará con algaradas o huelgas inútiles. Hay que actuar contra ellos. Sacándolos a la luz, denunciando sus infamias, delatando a sus adeptos, insubordinándose contra sus ocurrencias, exigiendo que devuelvan lo robado. Lo debemos hacer todos y cada uno, porque nadie lo hará por nosotros.
Y si no vuelven al redil de la honestidad, habría que pensar en que lo que es preciso recortar son los cojones de esa gentuza.
Nada más.
Otro día os contaré lo que pienso de lo que pasa en la empresa privada. De los parados o prejubilados con subvención que trabajan en la economía sumergida. O de los empresarios que les contratan. Ahí, también habría que capar a unos cuant@s.
Saludos

domingo, 25 de diciembre de 2011

“Y SIN EMBARGO SE MUEVE…” (LAS FUNDACIONES DE INVESTIGACIÓN, Y OTROS EMBROLLOS)

La Verdad, esa herramienta que utilizamos para explicar los hechos, fue controlada desde la antigüedad y durante centurias a través de la religión. En el siglo XVII (hace nada), la Santa Inquisición seguía encargándose en Europa de garantizar la ortodoxia. El tribunal del Santo Oficio juzgaba y condenaba a todo aquel que se salía del orden.

En ese contexto, para salvarse de la quema, Galileo Galilei tuvo que renunciar a sus creencias ante el susodicho tribunal. Lo hizo de forma oficial, pero él siguió creyendo en el heliocentrismo. Pronunció su famosa frase: “…y sin embargo, se mueve (la tierra alrededor del sol, y no a la inversa).

Este hecho será cierto o leyenda. Pero lo que está claro es que el pronunciamiento de la frase representa simbólicamente el punto de inflexión en que el monopolio de la Verdad comenzó a dejar de ser patrimonio de la Religión y, poco a poco, fue pasando a ser dominio de la Ciencia (al menos en Occidente).

Se dijo aquello de que la verdad es la verdad dígala Agamenón o su porquero. Lo decía Juan de Mairena, apócrifo de Antonio Machado (aunque el porquero no se quedó muy conforme). Seguramente el porquero pensaba que la Verdad, más que ser algo sagrado, es la vía que ha servido demasiadas veces para que los unos puedan controlar y oprimir a los otros.

Por eso en los últimos tiempos, la humanidad se ha sublevado contra ese valor dogmático de la Verdad. Aparecen corrientes que consideran su significado de forma relativa, que cualquier Verdad podría ser aceptada.  Dicen algunos adoradores de la ortodoxia que ese lío (llamado Relativismo), eso de que una idea pueda ser tan cierta como sus contrarias, está llevando a que la civilización occidental no sepa a qué atenerse, a una pérdida de sus valores y de rumbo. Y no faltan críticos a tal situación, el más conocido de ellos es Ratzinger al que habría que recordarle que el primer relativista fue aquel que dijo aquello de que Yo soy la verdad” o mi Reino no es de este mundo” (vamos, que la Verdad no es de este mundo), y que acabó creando el puesto que ocupó el mismísimo Ratzinger.

Pero, a pesar de la liberalización de la Verdad universal, la Verdad científica  sigue inamovible. Curiosamente, en nuestra época en la que nadie cree en Dios ni en las iglesias, ni creemos en el Estado ni en la política, ahora que no creemos en casi nada, que somos todos agnósticos y ácratas, pues resulta que las verdades de la ciencia nos las creemos a pies juntillas, sin rechistar.

No nos cabe duda de que la ciencia, y su derivada la técnica, son la obra humana que mayormente ha contribuido al progreso y bienestar de la humanidad. Pero la adoración a la ciencia ha dado lugar a una nueva religión. El conocimiento científico es ese dios al que se une místicamente mucha gente culta e inteligente. Su ortodoxia es controlada de manera absolutamente inquisitorial, lo cual es consentido resignadamente, olvidándonos de que la ciencia es obra del hombre y adolece de todos los vicios y perversiones de los que el hombre pueda disfrutar: envidia, ambición, deseo de poder, arribismo, celos, codicia, pereza, etcétera.

Las Universidades, aunque a grandes rasgos cumplen su función, también se han ido convirtiendo en la casa madre del chanchullo científico. Enseñando dogmáticamente; programando largos estudios, la mayoría de cuyos conocimientos no les servirán a los alumnos para casi nada. Los docentes, sobre todo los de algunas carreras humanísticas, ofrecen excesivas plazas de estudiante, que sólo se justifican por la necesidad de conservar el propio puesto laboral del profesor; así  se crean licenciados cuyas carreras nunca ejercerán.

En las universidades se investiga. Pero con la lectura de las tesis doctorales se termina la carrera investigadora de la mayoría de los doctorandos. Sí, les engordará el currículum; y ya está. La mayoría de las tesis no suponen ningún avance. Pero cooperan a justificar la parasitación de profesores titulares al servicio de la investigación. Y a gastarse un dineral en tasas, cursos y demás trámites burocráticos.

Incluso en el mundo del petardeo televisivo se han metido a sacar tajada de la investigación. Siguiendo el ejemplo de algunas asociaciones de lucha contra enfermedades, se pide limosna en nombre de los afectados. Afortunadamente hoy en España, ningún afectado ni de cáncer ni de ninguna otra enfermedad, necesita pedir limosna por el hecho de padecerlas. Ni debe tolerar que nadie pida limosna en su nombre. Porque falta ver qué espabilado se lleva la pasta, y qué provecho sacamos de sus investigaciones.

Y uno de los últimos inventos en el ámbito del conocimiento en Salud dedicado al tejemaneje investigador son las llamadas Fundaciones para la Investigación aparecidas en los hospitales. Sabemos que en España, salvo dignas excepciones, las “fundaciones” (de cualquier tipo) provocan una absoluta falta de confianza por parte del ciudadano. Muchas de ellas, disimulado bajo fines altruistas, perpetran actividades de moralidad confusa. Tales como la expoliación de personas (becarios) o depredaciones económicas (la mordida comercial).

Llegas a la Fundación de un hospital preguntando con ilusión por la manera de obtener ayuda para desarrollar tus ideas. Si tienes edad y experiencia, crees que puedes aportar nuevos conocimientos al desarrollo de tu ciencia. Te reciben, pero cuando se dan cuenta de que a lo que vas es a pedir, te acaban convenciendo de que eres un verdadero iluso, que allí a lo que se va es a dar y si no tienes nada que dar, no molestes más. Cuando solicitas ayudas por escrito, te contestan muy amablemente, eso sí, pero te hacen pasar por una infinidad de trámites burocráticos y de superortodoxia casi insalvables.

A pesar de los recortes, en muchas fundaciones chupan del bote numerosos enchufados. Proyectan carísimas obras destinadas a sus sedes. Y se llevan un elevado porcentaje de las becas obtenidas. Cobran por las ayudas proporcionadas a los trabajadores sanitarios en actividades que la mayoría de los profesionales realizan de forma no remunerada (publicaciones, estadísticas, traducciones, etcétera). Y todo ello, en esta época de crisis.

El colegio cardenalicio de esas instituciones está constituido por los jefes de los servicios, muchos de los actuales procedentes del licencioso mundo político. Y tienen hasta un tribunal del santo oficio: el comité de ética. Comité compuesto por pretenciosos garantes de la ortodoxia. Pero ¿qué se han creído? ¿qué ética les da derecho a juzgar la ética los demás?

La única manera de hacer verdadera ciencia ha sido siempre de forma libre e independiente. Tal como lo hizo aquel empleado de una oficina de patentes de Berna que él solito, con poco más de 20 años de edad, publicó a principios del pasado siglo la teoría que revolucionó el conocimiento del universo. Lo consiguió tras haberse rechazado la publicación del manuscrito, en primera intención, por la ortodoxia de una revista de la época a la que Einstein había enviado el original.

Y es que el autoritarismo científico ha sido desde siempre hasta hoy la mayor lacra que ha tenido que sufrir la ciencia y el mayor impedimento para el desarrollo de la misma. Y, por tanto, para el desarrollo de la humanidad.

Para hacer ciencia hay que ser capaz no sólo de enfrentarse valientemente a cualquier ortodoxia y al orden intelectual establecido, sino también de destruirlo. Así se comportó Galileo (con el orden aristotélico), también Newton, o Einstein (con la física newtoniana) y otros muchos. Así lo hizo Miguelón de Atapuerca, y si no hubiera sido de esa manera, seguiríamos siendo todos atapuercensis ¡y menuda la pinta que se nos hubiera quedado para siempre!

Así que si conservamos algún interés científico, es necesario que no toleremos pedantones al vuelo que quieran monopolizar la investigación para que, sin ninguna vocación científica, continúe su negocio. No colaboremos ni nos dejemos juzgar por entidades de finalidad tan dudosa que ni son públicas ni son privadas. Que se nutren de fondos públicos (y privados) a la vez que intentan aprovecharse particularmente del trabajador con inquietud investigadora. Deberíamos ser los que trabajadores, los que constituyéramos  entidades independientes y a nuestro servicio, dirigidas por y para aquellos a los que les guste investigar.

No seamos pesimistas. Todo aquel que sea capaz de contribuir al avance del saber, por pequeña que sea su contribución, deberá ser absolutamente optimista. Reconozcamos que tanto en la universidad, como en los hospitales y sus fundaciones, e incluso entre las ONGs, hay gente inteligente, con humildad científica y capaz de seguir trabajando por el progreso. A esos debemos arrimarnos, y en ellos apoyarnos. Porque, a pesar de todo, el mundo (y la ciencia) se mueve, y seguirá moviéndose, yendo hacia adelante.


Olvidémonos de los truhanes del saber. Hace unos años, la Iglesia católica ya pidió perdón por los desmanes que contra la ciencia perpetraron sus antiguos gerifaltes. Esperemos que algún día se disculpen éstos, genuinos representantes de la picaresca.