viernes, 10 de diciembre de 2021

RITALÍN

 Ritalín nació a mediados del siglo XX en una ciudad mediterránea capital de su provincia. Sus padres se habían trasladado a la urbe debido a sus respectivos trabajos. Eran los primeros miembros de sus familias que, desde hace siglos, no se dedicaban al campo como profesión. Padres niños de la guerra, educaban a Ritalín y demás hijos sin el tradicional autoritarismo, pero con responsabilidad; sin mimos, pero con el suficiente cariño.

Ritalín heredó el nombre de su abuelo Emeterio. A éste le había caído del santoral de su día natalicio. era costumbre ancestral de los pueblos nominar al nacido lo más raramente posible para distinguir al designado, ya que casi todos compartían los mismos apellidos. Mezclando apócope con diminutivo, Emeterio degeneró en aquel ridículo Ritalín que, ni a él mismo le gustaba. a sus seis años recién cumplidos, se rebelaba contra su sobrenombre, exigiendo que se llamara por su título original.

En aquella época, todos los niños urbanitas tenían "su pueblo". Solía tratarse del sitio de donde descendían sus padres. Para otros, "su pueblo" era el lugar de veraneo. Y algunos de los que no tenían "pueblo" se lo inventaban. Estaba claro que para él "su pueblo" era el de su origen genealógico.

Ritalín visitaba su pueblo en los periodos vacacionales o por algún compromiso social. Él y su familia eran acomodados en casa de alguno de sus parientes: abuelos, tíos, primos, etcétera. De igual modo, su casa en la ciudad era parada y fonda para aquellos mismos parientes, a los que se instalaba cuando acudían a la capital para gestiones, compras u otros motivos. Visitas que alegraban el día a los niños de la casa.


El verano de aquel año tocó pasarlo en casa de unos tíos. La familia de Ritalín llegó al pueblo a principios de julio. Los días eran idénticos. Sesión playera matinal. Comida en familia. Y siesta impuesta. Para Ritalín la siesta era fastidiosa, le sobraba sueño. Hermanos y primos armaban bulla. Hasta que un día Ritalín decidió sustituir la siesta por un paseo exploratorio en solitario.

Tenía memoria y orientación. Sabía que no se iba a perder. quería investigar las afueras, el campo. Allí donde iban sus parientes mayores a trabajar. Él los acompañaba en ocasiones. Pero esta vez quería hacerlo por su cuenta.

Salió Ritalín de casa directo a meterse en su aventura. Recorrió caminos de la vega norte, cruzándose con algún labrador, extrañado. Entró en una huerta para ver las enredaderas en las que crecían judías. Saliéronle a recibir dos perros guardianes que le dieron un buen susto, pero retrocedieron al percibir que era inofensivo. Llegó a las dunas junto al mar donde por aquellos días se recolectaban los tomates. Siguiendo por la playa arribó a la desmbocadura del río. Ascendió contracorriente por la alameda que bordeaba la ribera, paseo preferido, según su padre, del otro abuelo, el que no conoció. Arribó al puente y cruzó a la otra orilla. reconoció las carreteras por las que circulaba montando en el carro de su tío; incluso lo había conducido por allí, cuando le dejaban que manejara las riendas; no pensaba que el borrico era tan listo como para conocerse la ruta al dedillo y seguir su camino sin necesidad de atender indicaciones. Atravesó Ritalín campos de naranjos y otros de hortalizas. llegó hasta las marismas de los confines del término en las que las espigas de arroz perdían su verdor para amarillear camino de la siega, marcando el avance del verano. Desde allí, Ritalín decidió volver hacia el río, que vertebraba a la villa y facilitaba su orientación. Hasta que tropezó con el azud, la represa que dirigía el reparto de aguas hacia las acequias, responsables de la riqueza agrícola. Le resultó interesante la distribución del líquido hacia unos pequeños cauces, distintos al del río. Podía diferenciar lo construido porla naturaleza y lo otro, similar a lo que fabricaban los albañíles de las obras. Se paró a contemplar cómo el agua salía y se distribuía a través de los distintos canales. Las acequias eran geométricas, artificiales. ¿Habría construido alguien también el río? Se preguntaba Ritalín. ¿Para qué querrían desviar las aguas? Aquello no llegaba a entenderlo aún, no le habían explicado todavía en el colegio que el regadío convirtió las vegas en vergeles.


En casa había pasado la hora de la siesta. Ritalín no estaba en ningún sitio. Le buscaron por el barrio. Su madre salió a la calle y le llamó, gritando su nombre, tal como era la costumbre de todas las madres de pueblo cuando requerían a sus vástagos, invariablemente a la hora de las comidas. No contestó. No se le veía por ninguna parte. Se empezaron a preocupar. Había desaparecido, estaba claro. Se habría escapado y se habría perdido. No era posible más temible para aquellos tiempos. Se organizaron batidas. Sus padres, sus tíos, sus primos mayores e incluso varias vecinas ociosas se organizaron para recorrer el pueblo y sus afueras en búsqueda de Ritalín.

Absorto en la contemplación de las maravillas de la técnica hidráulica le descubrió Manolita, la más cotilla del barrio y cabecilla de una de las partidas de búsqueda. ¡Ritalín! ¿qué haces ahí? Le gritó. Para, seguidamente avisar a todos de que le había encontrado. ¿Le había encontrado? ¡si él no se había perdido!, pensó Ritalín. Se le había hecho tarde porque los largos días de principios de julio despistan, pero pensaba en volver a casa cuando le descubrieron.

La imaginación del populacho propagó el bulo de que Ritalín, no sólo se había perdido, sino que le habían encontrado a punto de ahogarse. ¡El!, que siempre supo nadar; que no tenía noción de haber aprendido, igual que de andar; le enseñó su padre en la playa cuando era bebé. Aquello le molestó mucho, más que la bronca que le echaron sus progenitores una vez calmados. Incluso más que el tremendo zapatillazo que su madre estampó en sus posaderas cuando, chulescamente, alardeó de que no se había perdido, de que sólo había salido a dar un paseo.


¡Aquel tremendo zapatillazo de 1960 sería en 2021, la dosis diaria de RITALÍN!

sábado, 27 de noviembre de 2021

CON SIGO

Aquel invierno decidió concluir su obra magna. Contar su vida y experiencias. Leer las historias de hombres o mujeres excepcionales lo consideraba algo vulgar. Transmitir lo que piensan, sienten o viven los seres triviales como él podría ser más atrayente que las rarezas de los genios, pensaba.
Se levantaba al amanecer, cargaba su portátil y paseaba hasta aquella guarida de la que, desde hace años, disfrutaba en las afueras de la ciudad. Pasaba el día en su casita de aperos cambiada a residencia veraniega, edificada en la ladera de una colina repleta de vegetación silvestre, pero rodeada de frutales, un huertecillo y unas cuantas gallinas.
Su pequeña hacienda le recordaba a la misteriosa isla con que le regalaba el fonso de pantalla de inicio en su ordenador. lugar inhóspito, solitario y misterioso. El sueño de todo antisociable aventurero. Como él. Consideraba a la aventura como la exploración y explotación de los recursos de la vida. Nunca la confundió con la imprudencia. Lo primero que aseguraba en sus correrías era el "billete de vuelta". Seguido de un lugar cómodo para las noches y otro decente para excrementar. El espacio de aquella inquietante foto no cumplía ninguna condición de las pretendidas.
Dicen que sólo los espíritus excelentes gozan de la soledad, pero la verdad es que tal vez no les queda más remedio. Él disfrutaba de su pequeño retiro, pero la verdadera solitude sería sublime en el islote, creyó. Como la que sintió cuando, único transeúnte de calles vacías y nevadas de Boston en un día de Acción de Gracias, adivinaba el bullicio de las reuniones familiares que se exhibían desde las ventanas. O en otra jornada del mismo viaje al visitar las Vegas, donde había conseguido barata una inmensa habitación de un gran hotel con una cama de tres por tres destinada a soportar concurridas orgías, y en la que durmió solo. le tentaba el aislamiento total como el del islote, sin rebaños que puedan pisar su yerba.
La tundra helada que cubría el triángulo isleño le evocaba las jornadas invernales y húmedas que incomodaban a sus musas. Soñaba con ese calentamiento que los tiburones energéticos auguraban. el atemorizado rebaño no reparaba en que todo dios se iba a convertir en caribeño, recreado por la tranquilidad, el buen ron y el sexo sin tapujos. Y al islón lo transformaría en tahitiano. aunque rotundamente, el futuro del planeta le importaba un carajo: ese futuro no había hecho nada por él, ni lo haría jamás, decía.
Cuando observaba al coro de gallinas que le entretenían, sabía que habrían sobrevivido en aquel triángulo exótico. Esas pobres reinas del reciclaje, devoraban toda la basura orgánica que encontraban, incluso las heces propias y las de los perros okupas. De vez en cuando les leía sus escritos a las pitas. Pero su crítica no era fiable: se tragaban cualquier mierda.
Aquellos arbustos otoñales que aparecían en la delta flotante de su ordenador no mejoraban a la vegetación silvestre que rodeaba a su hacienda. Ni a los árboles frutales que él cuidaba y que daban frutos cuando querían. A veces, las naranjas se negaban a brotar, seguramente porque no eran polinizadas sus flores. Las abejas se vengaban de las duchas con flit insecticida con el que rociaba los enjambres del tejado.
Había plantado las habas el día de su cumpleaños. ¡Tú naciste el día que se planta la faba!, le decía su abuelo el labrador. Las sembraba todos los años, esperando recolectarlas en la pascua siguiente. No habrían crecido en el solitario paraje de la foto. Aplicaba los métodos definidos por el estúpido oxímoron que sirve para engañar a unos cuantos ilusos especímenes del rebaño: la agricultura ecológica. esos que se creen inmortales gozando de degustar alimentos semipodridos plagados de coliformes. Los pinos, carrascas y maleza de la colina criticaban a las habas, que alteraban absolutamente el equilibrio ecológico del lugar, como cualquier cultivo. Sólo lo salvaje y virgen, tal cual la isla, es ecológico. Pero da poco que comer.
Cuando tuvo su aventura literaria casi completa se la recitó a los árboles, a las hortalizas, a las gallinas, a un jabalí que le visitaba, incluso a los arbustos nevados de su pantalla. Nadie le hizo caso. Sólo le quedaba adherirse al rebaño para que alguien tuviera en cuenta su alegato. Vivir en aquella isla no sería razonable.

domingo, 21 de noviembre de 2021

El tranvía ya había recorrido la mitad de su trayecto cuando tú llegaste a él. Lucías un cuerpo apretado dentro de tu inmensa juventud, aquella juventud que es una desgracia cuando no se acompaña de todo lo demás. Nos pudimos acercar, nos rozamos y nos dimos.

La instrucción enseña a uno, sólo a uno, el otro no aprende nada. Siempre me pareció más intensa e interesante la indagación, que della aprendemos todos, dijo el diablo. Aun así, te hice a mi modo, te dominé, por eso te quise.

Comimos perdices, mangos, pastel de pescado. Bebimos cerveza, vino, agua mineral. Fuimos a París, a aquel sitio en el que nos sirvieron sopas de plástico, visitadas por cucarachas traviesas. Pero cuando llegamos a la isla yo ya pedía que bajaran el volumen de la música; mientras, tú bailabas.

Crecieron los abedules y los elefantes. Los naranjos nos regalaban con sus frutos todos los otoños, si querían. Sentimos terremotos, inundaciones, desgracias. Juntos. el río siguió sus curso irremediable, a veces rojo, a veces azul. Llegando al mar veo como tú emerges desde la colina. Ahora eres mi Electra.

Mientras maduras, me pudro. Pero piensa que las biznagas tienen todas los mismos jazmines.

viernes, 12 de noviembre de 2021

TU CUERPO ES BELLO

Paseaba por la playa como todas las mañanas. Había llegado ya hasta el lugar dónde habitualmente decidía volverse. El punto lo marcaba un letrero con un mensaje provocador al que siempre quiso responder pero no se le ocurría cómo. Rezaba: TU CUERPO ES BELLO, NO TE AVERGÜENCES DE ÉL. Y es que Antonio, que lució cuerpo airoso en su juventud, notaba ya como el paso del tiempo se lo iba orangutanizando. La frescura de la brisa y la luz mediterránea de aquel día invitaban a proseguir el camino, así que decidió traspasar su límite habitual por primera vez.
Con curiosidad no confesada, entró en el campo nudista. Antonio solía cubrirse sólo con una escueta braga Turbo sobre la que descansaba una lorza abdominal que le partía del ombligo. pero su convencimiento era de no sacar el pajarito más que para lo estrictamente necesario; quizá temía que un escualo se lo pudiera mutilar de un mordisco. Además, en Antropología le habían explicado que la vergüenza es un sentimiento encaminado a proteger los genitales del mono erguido, que los exhibe en primer plano; no como los peros o los gatos, a los que hay que levantar el el rabo para vérselos. Lo natural, pues, sería la hoja de parra, hoy evolucionada hacia tangas y gayumbos. Así, entre andar a cuatro patas o conservar puesta su olímpica braga, optó por lo segundo.
Al mirar de frente se echó a la cara a varios varones con su ariete en ristre al que, buscando que cundiera, masajeaban con disimulo de vez en cuando; aunque algunos lo hacían con tanto ahínco que resultaban bastante cochinos. Merodeaban a un grupo de teintaañeras que, con espontaneidad, lucían sus emergentes tetas recién siliconadas de cuyo ápice brotaba un voluptuoso pitón "vitorino" que contrastaban con sus bajos, rapados al estilo del cogote de un marine americano.
Siguió Antonio avanzando por la orilla. En eso, divisó a un cachalote tumbado panza arriba cuya barriga finalizaba en una enorme huevera que descansaba sobre la arena. De aquel escroto surgían relucientes destellos que deslumbraban al transeúnte. Sintió curiosidad por averiguar el origen de aquel resplandor, se acercó disimulando la mirada tras las gafas oscuras, descubriendo un bosque de argollas y pendientes con los que el cetáceo de los huevos de oro se había pinchado los cojones.
Continuando el paseo le aparece, agitándosela disimuladamente con su mano diestra, el vecino del sexto al que no veía desde antes de las vacaciones que, al reconocerle, y le saluda efusivamente ofreciéndole, educado, aquella misma mano con la que se sacudía el aparato en los instantes previos. ¿Ahora qué hago? se preguntó Antonio. ¡Nada!, normalidad, resignación y adelante.
Otro cuadro de aquella exposición lo componía una individua de mediana edad que, a pesar de estar en sus días difíciles, no quería renunciar a la playa. yacía tumbada sobre la arena, espatarrada de manera que mostraba un cordelito saliendo de la profundidad de sus entrañas. A Antonio se le antojó aquello el interruptor de la lámpara de su mesilla de noche. Hasta sintió la tentación de tirar del hilo a ver si se encendía aquella maripili. Pero renunció al imaginar lo que iba a salir del pozo si le quitaba el tapón.
A continuación contempló la exhibición que, de sus cuerpos decadentes, realizaban dos parejas de hippies de primera generación. A ellas, el pincel sexual no le ponía pegas a la incontinencia; y de su tórax surgían unas mamas semejantes a un par de calcetines con una moneda de a euro dentro. Ellos mostraban su degradación morfológica desde unas sillas playeras sobre las que restregaban sendas coliflores hemorroidales.
Un poco alucinado ya, decidió volver sobre sus pasos. Aún pudo ver, encima de la duna, a un seminudista, con cara y cuerpo de sapo él, luciendo una camiseta de hincha futbolero como única prenda, de cuyos bajos sobresalía su "don del arcángel san gabriel". Aquella antítesis del David, puesto en jarras sobre el improvisado pedestal luciendo su inmenso cipote parecía gritarnos: ¡mirad, así de grande la tenemos los del Valencia club de fútbol! Que también es mala suerte, pensó antonio, que sólo allí pudiera lucir aquel hombre el único encanto con que le había premiado la naturaleza.
Acercándose ya de nuevo al letrero que le había dado paso a la verbena, observó a una joven pareja de padres despelotados que, con toda naturalidad jugaban con sus dos cachorros, también en pelotas. En contraste, una familia textil que no había encontrado mejor sitio para instalarse en los seis kilómetros de playa restantes, montaba su jaima junto aquellos. Un don Ulises exhibía su brillante discapacidad capilar y cubría sus vergüenzas con un meyba modelo Fraga en Palomares; una doña Sinforosa distribuía sobre la mesa plegable un montón de fiambreras (que así se denominaban los tapergüeres en la época del Tebeo); mientras, una doña filomena, la abuela, cuidaba de lolines, merceditas y policarpitos; todos vestidos; únicamente Treski mostraba su desnudez.
Ya estaba Antonio junto al letrero otra vez. Lo volvió a leer. Entonces se agachó y, con su dedo índice escribió sobre la arena: LAS SEÑALES DEL ABSURDO SE ADAPTAN A LOS TIEMPOS.
Conforme con lo que le había ocurrido, se alejó contento. y ahí quedó su sentencia todo el tiempo... el tiempo que tardó una ola impertinente en borrarla.

domingo, 7 de noviembre de 2021

SANTOS INOCENTES

Esperaban la decisión. El litigio lo suscitaba un viejo mamoncete al que ese día sacaron de su mundo, el de diario y de los festivos, mundo de deseducación a manos de gente anciana, propicia, pero no natural. Estaba incómodo el infante, acostumbrado a ser el núcleo, allí, donde era una justificación. Se rebeló. Arrojó su molesto estrépito con el que la naturaleza dota a los mamíferos menos dotados para conseguir atención inmediata.

Los funcionarios, casados y solteros, hombres y mujeres, con o sin hijos, tras las puertas de los despachos que daban a aquel foro, intentaban pensar sin conseguirlo. Nunca se sintieron tan incompetentes. Ni cuando soportaban las mayores discusiones entre adultos. Aquella súplica sonaba tal como vuelo rasante sobre sus neuronas. Golpeaba sus cráneos como un martillo neumático. Hasta que uno, sólo uno, estalló. Abrió la puerta y salió gritando: ¡HERODES! ¡GRANDE! ¡TÚ SÍ QUE FUISTE GRANDE!...

LOBA CAPITOLINA

Fue Luperca madre de Rómulo y Remo porque los amamantó. Y los hizo reyes de Roma. Filius Lupum les llamaban. Para siempre. Canon de Jerarcas.
La loba, la zorra, la perra, madres carniceras, modelo de reinas. Pobres mujeres adjudicadas al mejor postor para engendrar monstruos endogámicos. Sólo las que encontraron semental lejano lograron vástagos dignos. Cumplieron con su deber. Buenas lobas. Únicamente en un lupanar, en esa morada de lobas, se puede concebir a un mejestuoso emperador.
Aunque a ti sólo te contarán la leyenda.

domingo, 17 de junio de 2018

PERRO NO COME PERRO (o el contubernio entre los políticos)


Al político le gusta pelearse teatralmente con su oponente. Pero todos están muy avenidos en su fin principal: expoliar al ciudadano. Ayudados por los poderes fácticos económicos, confabulan para expoliar la riqueza que generan sus gobernados.

La economía criminal domina el mundo de hoy. En los paraísos fiscales esconden su botín todo tipo de delincuentes: cárteles de la droga, nuevos negreros traficantes de personas (mujeres, emigrantes), señores de la guerra y quienes les venden armas, y demás delincuentes. El político es coleguilla de esa gentuza con la que se alía, constituyendo una simbiosis que, por encima del ciudadano organizan chanchullos mutuos.

A Zapatero se le ordenó colaborar en la organización de una crisis económica con intención de que la gente perdiera el trabajo y entrara en la miseria. Tras él, la derecha elaboró la correspondiente recuperación, la gente debe conformarse con un empleo y sueldo de mierda volviendo a la esclavitud. El ciclo se cierra, siguen ganando los mismos: empresarios, especuladores, bancos y demás traficantes de dinero.

No es extraño que en privado, y a veces en público, los gerifaltes de un partido alaben y protejan a los prebostes de otro. Porque todos están en el mismo bando.

Porque ¡PERRO NO COME PERRO!